ELECTRÓLISIS PERCUTÁNEA ECOGUIADA.

La electrólisis percutánea ecoguiada, habitualmente asociada al tratamiento de tendinopatías y esguinces cronificados o a roturas musculares, y comúnmente conocida por sus famosos nombres comerciales: EPI® (Electrólisis Percutánea Intratisular) o EPTE® (Electrólisis Percutánea Terapéutica); es una innovadora y efectiva técnica de fisioterapia, de carácter mínimamente invasivo, que en términos técnicos consiste en la aplicación ecoguiada de una corriente continua (galvánica) a través de una aguja similar a la de acupuntura, con el fin de provocar un proceso inflamatorio local y una fagocitosis del tejido afecto; estimulando así la reparación de dicho tejido.

Pero, detengámonos un momento. Electrólisis, percutánea, intratisular, ecoguiada, fagocitosis,… Ciertamente entre tanta sigla y tecnicismo puede llegar a ser fácil perderse, así que una vez presentada la técnica, vamos a explicar un poco mejor qué quieren decir todos estos términos.

Una electrólisis, sin entrar en muchos detalles, no es más que un proceso químico en el que una sustancia se descompone por la acción de una corriente eléctrica continua, o lo que es lo mismo, una corriente eléctrica en la que los electrones siempre van en la misma dirección.

La palabra percutánea, no es otra cosa que “a través de la piel”, intratisular, hace referencia al “interior del tejido” (habitualmente músculo, tendón o ligamento), y a lo que nos referimos con ecoguiada es a que la técnica se realiza con el soporte de un aparato de ecografía, con el cuál se visualiza la localización de la punción, dando una mayor seguridad y fiabilidad al proceso.

Si lo unimos todo, ya podemos vislumbrar más o menos la realización de la técnica: una fina aguja de acupuntura atraviesa la piel, y llega al interior del tejido afecto, para posteriormente provocar una electrólisis gracias a una corriente eléctrica. Pero, ¿cómo actúa realmente?

Al llevar a cabo la electrólisis o destrucción del tejido afectado, nuestro organismo activa una serie de mecanismos de respuesta ante la “agresión” local que se está produciendo. Estos mecanismos generan un proceso inflamatorio localizado que a su vez favorece un mayor aporte sanguíneo en la zona, dando lugar a la llegada de gran cantidad de células defensivas o glóbulos blancos, que se encargarán de –ahora sí– llevar a cabo la ya mencionada fagocitosis.

La fagocitosis es un mecanismo por el cual nuestros glóbulos blancos se “tragan” los restos del tejido que ha sido destruido durante el proceso químico de la electrólisis. Aunque comúnmente asociamos este proceso a la lucha entre nuestras defensas y los microorganismos patógenos, la fagocitosis es utilizada también por nuestra “policía” como mecanismo de limpieza de todo aquello ajeno al organismo o que simplemente ya no tiene utilidad en él.

Así pues y llegados a este punto, si volvemos a hacer un ejercicio de síntesis, una vez la aguja ha llegado a su destino y ha provocado una destrucción y un proceso inflamatorio, nuestro organismo elimina los restos generados en el proceso y como paso final, pone en marcha la reparación del tejido destruido.

Ahora que ya conocemos un poco más cómo funciona la electrólisis percutánea, sólo queda hacerse una última pregunta: ¿por qué destruir un tejido que ya se ha lesionado previamente?

Dicho de otro modo, ¿Por qué romper lo que ya estaba roto? Grosso modo, os diré que tiene que ver con un proceso de regeneración deficitario, con un aporte vascular insuficiente y con el tipo de estructura que se forma en el tejido tras una lesión. Pero esto, ya es otra historia…